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La Europa que puede morir por Ramón Aymerich

Para Emmanuel Macron, el estilo de vida europeo está en peligro, asediado por múltiples enemigos y víctima del final de unas circunstancias que no volverán. Mario Draghi y Enrico Letta han sido llamados a restaurar la confianza perdida.
Olena Tolkachova

Olena Tolkachova. Global Images Ukraine / Getty

Europa es menos trabajadora, menos ambiciosa, más regulada y tiene más alergia al riesgo que Estados Unidos, dice Nicolai Tangen, jefe ejecutivo del Fondo del Petróleo noruego al Financial Times. “Simplemente, los americanos trabajan más duro” concluye.

Uno imagina a los noruegos como gente pacífica que piensa en las ballenas y en ganar en Eurovisión. Pero uno recorre los edificios del centro de Oslo y lo que descubre es un capitalismo abrupto, vertical. Un país de militares y banqueros. O de banqueros entrenados como militares. Como el mismo Tangen, que antes de ser gestor de fondos en Londres, estudió técnicas de interrogatorio en el Servicio de Inteligencia noruego.

Los noruegos han construido un estado de bienestar gracias al petróleo atlántico. Pero quieren estar del lado de la historia. Del lado del que la gana. Y el Fondo del Petróleo, el cuarto fondo inversor del mundo, invierte cada vez menos en compañías europeas y cada vez más en americanas. Porque es así como ellos ven el futuro.

Las elites financieras europeas sienten una fascinación crónica por Estados Unidos. Por sus empresarios, directos e informales como cowboys. Por el mercado laboral, menos protegido. Por los bajos impuestos. En contrapartida, la esperanza de vida en Europa es cinco o seis años más alta; también lo es la calidad de vida. Los europeos tienen más días de vacaciones, trabajan una hora menos al día. Y disfrutan de una red social más efectiva.

En los últimos años Estados Unidos se ha distanciado de Europa. En 2013 el PIB europeo equivalía al 90% del de EE.UU. En 2022 ya era un 23% inferior. La demografía explica ese salto. La inmigración ha rejuvenecido la fuerza de trabajo al otro lado del Atlántico. Europa, por el contrario, recela del inmigrante y envejece.

La intensa recuperación de EE.UU. tiene a Europa desconcertada, anclada en políticas envejecidas

Desde la pandemia, la recuperación en Europa ha sido vacilante. En Estados Unidos ha sido intensa y en ella se han activado todas sus palancas diferenciales: energía abundante y barata y campo abierto para las nuevas tecnologías. La Casa Blanca también ha colaborado. Ha subvencionado la instalación de fábricas de paneles solares y de semiconductores.

En Estados Unidos el pleno empleo ha disparado las alzas salariales. En los segmentos más bajos y en los más altos. Con sueldos estratosféricos en el empleo tecnológico, donde no son raros los 400.000 dólares anuales. Eso sí, la inflación no perdona y la vida es muy cara. Una barra de pan, 6 dólares en California. Una visita preescolar al pediatra, 360 dólares. Una guardería en Nueva York, 3.300 dólares.

Europa vivió su mejor momento entre 1985 y 2005. Era el modelo de referencia. Pero en el 2005 empezó lo que Timothy Garton Ash califica en su último libro de giro descendente: crisis financiera, ocupación rusa de Crimea, atentados de Charlie Hebdo, populismos en Hungría y Polonia, Brexit, Trump… El historiador echa la vista atrás, a los buenos tiempos y evoca El mundo de ayer de Stefan Zweig. El austriaco lo escribió en 1941 convencido de que la Europa que añoraba (la de antes de 1914) ya no iba a volver.

El fatalismo de Garton Ash parece forzado. ¿O quizás no? La guerra de Ucrania ha dejado a Europa sin su suministrador habitual de materias primas, Rusia. Ha transformado a China, de proveedor barato a competidor sistémico en industrias vitales. Europa empieza a preguntarse si la calidad de vida de la que ha disfrutado no habrá tenido algo que ver con todo eso y con el paraguas protector americano. Por primera vez Europa siente que puede quedarse sola. ¿Qué pasará si los americanos se van? ¿Quién detendrá a Putin?

Emmanuel Macron es el más hábil en transmitir ese cambio de humor. En agosto de 2022, el presidente habló del “fin de la abundancia”. Hace una semana, en la Sorbona, dijo: “Hay que entender que Europa es mortal, puede morir”. Para añadir: “las reglas del juego han cambiado”.

La UE ha encargado a Mario Draghi y Enrico Letta (¿qué tendrán los italianos?) que diluciden cuáles son las nuevas reglas del juego y cómo se restaura la confianza perdida. La respuesta de Mario Draghi es la más sorprendente, por la autocrítica que implica para alguien que ha sido banquero de Goldman Sachs.

Para Draghi, la UE debe actuar como una nación económica y no como una federación de países

Tres ideas básicas, tres gemas en bruto, de la reflexión de Draghi. La primera, la globalización ha traído desequilibrios que los gobiernos europeos han tardado mucho en reconocer. En particular, la errónea respuesta de la UE a la crisis del euro de 2011, en la que buscó la competitividad a corto plazo con una reducción de costes salariales y una austeridad que debilitó la demanda interna y nuestro modelo social.

Segunda. La pandemia y la guerra de Ucrania han creado un entorno de rivalidades geopolíticas en el que no todos siguen las mismas reglas del juego y donde la exportación ya no es garantía de éxito. De hecho, China y Estados Unidos utilizan la política industrial para reorientar la inversión hacia sus propias economías. Europa ni siquiera se lo ha planteado.

Y tercera. En plena carrera feroz por el liderazgo en las nuevas tecnologías, Europa no tiene una estrategia para competir en ella, ni en las telecomunicaciones o en la defensa. Como tampoco tiene asegurados los recursos necesarios para la transición energética (están en manos de China). Europa debe empezar a actuar ya como una nación económica, no como una federación más o menos asimétrica de distintas economías.

Draghi no habla de trabajar más, como pide el banquero noruego. Pero eso no va a hacer el camino más fácil.

La Vanguardia

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