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Cómo enriquecer el concepto de libertad por Alfonso López Quintás

La palabra libertad es decisiva en nuestra vida y debemos aclararla con sumo cuidado en la batalla de las ideas. Hoy suele hablarse de “la” libertad como si sólo hubiera un tipo de libertad: la “libertad de maniobra”. Esto encierra suma gravedad, porque puede significar una reducción drástica de los modos de libertad que puede ejercer el ser humano. Puedo afirmar con toda decisión que dejar de lado las formas superiores de libertad es una de las causas de los muchos malentendidos que hoy sufrimos.

Las diversas formas de libertad

Recién terminada la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), se reunieron en Ginebra diversos pensadores destacados con el fin de ofrecer a la Europa demolida un proyecto de futuro.

George Bernanos y Karl Jaspers nos advirtieron que «el mundo sólo podrá ser salvado por los hombres libres», en la línea de lo que nos sugirió el poeta Antonio Machado, ya en 1943, al subrayar que «lo importante para el hombre no es poder decir todo lo que quiere, sino pensar y hablar con auténtica libertad» (Juan de Mairena, Losada, Buenos Aires 1943, I, págs. 115-116. No lo dice con estas palabras, pero lo expresa con energía en esas dos páginas. Leída en su contexto, esta frase alude a un tipo de libertad que procede con una actitud de colaboración y participación, orientada a la promoción del bien común. Ya empezamos a enriquecer el concepto de libertad.

Podríamos preguntarnos cómo puede llegar el hombre a adoptar esta actitud de colaboración y participación si su vida activa comenzó por el manejo de objetos en la primera edad. Esto es cierto, pero no lo es menos que su primera experiencia tras el trauma del parto es la de sentirse acogido, acogimiento que va a prolongarse de modo tan silencioso como eficaz en la lenta y profunda elaboración de la urdimbre afectiva y tutelar tejida entre los padres –la madre, sobre todo– y el hijo, para crear un estado de donación generosa por parte de los padres y de acogida agradecida por parte del hijo.

Esta relación primera y primaria entre padres e hijos funda un campo de juego que promueve un hondo sentimiento de acogida mutua, de sintonía enigmática, de pertenencia y colaboración incondicional. Si este sentimiento primario es debidamente cultivado, la morada se convierte en un «hogar», que es un bien básico para la comunidad de la familia.

Esta actitud de donación oblativa y de recepción generosa prepara a niños y jóvenes para el decisivo ascenso al nivel 2, en el cual han de tratar las realidades abiertas de modo receptivo-activo, y, por tanto, con voluntad de respeto, estima y colaboración. Esto implica una transfiguración de la actitud de egoísmo en una de generosidad.

El juego y el ascenso al nivel 2

Subir al nivel 2 es decisivo en la vida humana, y lo hacemos sobre todo a través del juego. Hoy tenemos una idea del juego muy fértil. Más que un mero pasatiempo, el juego es una escuela de creatividad. Por eso, tendemos de niños a jugar.

Jugar es colaborar, tender todos a una misma meta, crear ámbitos de convivencia. En alemán y en otras lenguas (como el francés y el inglés) no se dice, por ejemplo, tocar el piano, sino “jugar al piano” (das Klavier Spielen). Para crecer, el ser humano necesita jugar, porque el juego no se reduce a divertir; es una fuente de transformaciones y de posibilidades: la tabla la convertimos en tablero de ajedrez; el tablero en campo de juego; las personas que juegan se erigen en protagonistas; la libertad de maniobra gana la condición de libertad creativa; la libertad despegada del afán dominador del entorno se trueca en libertad colaboradora y obediente, libertad “ob-ligada”, cumplidora fiel de unos preceptos convertidos en «cauces de la creatividad».

De esta múltiple transformación se deriva la flexibilidad con que se relacionan la libertad y la obediencia, una vez convertida la libertad de maniobra en libertad creativa, y los preceptos, en cauces de la creatividad de quienes los siguen.

En el juego que es, por ejemplo, la experiencia musical, los intérpretes son independientes y solidarios entre sí, el director dispone de ellos, pero no los manda a su arbitrio, los dirige, para comprometerlos en un juego complejísimo y enriquecedor, sólo posible porque los integra con el espíritu de la obra que ellos asumen. Dirigir a unos intérpretes es ayudarles a convertir su libertad de maniobra en libertad creativa, libertad para asumir la trama de interrelaciones de la obra como el principio de su actividad, y a integrar la libertad y la obediencia, y dar así origen a una realidad nueva, que es un bien para todos.

Al crear una comunidad musical, los intérpretes aprenden a unirse sin perder su independencia individual; no quedan fusionados en un todo amorfo; al contrario, incrementan su individualidad, al integrarse, pues de este modo dan de sí todo lo que les pide el compositor, en función del conjunto.

Entonces vemos que, por encima del mandar, dominar y manejar se halla la fuerza creativa del colaborar. Como el marino colabora con el viento; ni se opone frontalmente a él, ni se expone a sus embestidas. Cede lo suficiente para colaborar y moverse en una misma dirección. Es el secreto del arte de navegar, visto como juego.

Siempre que hay entreveramiento de ámbitos, se genera algo nuevo y bueno para las gentes, porque se da una forma de integración. ¡Tan a menudo pude vivirlo, como director de coro, cuando uníamos las distintas voces y surgía algo nuevo y bueno para todos…! Al integrarse, las voces se transfiguraban, como pasa con la armonía. En la obra La ética o es transfiguración o no es nada describo muchas formas de transfiguración (págs. 44ss., 61, 90, 169, 212, 434, 445, 557, 689, 729, 730, 732ss., 827). En ella y en La mirada profunda y el silencio de Dios veo cómo toda integración de ámbitos tiende al bien de las gentes, no al mal (págs. 160, 161, 179ss., 184ss., 217-218).

Alfonso López Quintás: 'La ética o es transfiguración o no es nada' y 'La mirada profunda y el silencio de Dios'.

En síntesis. Una vez que vivimos y vemos el modo de crecer el hombre y las realidades ambitales que colaboran con él, se descubre algo decisivo: que el desarrollo del hombre está encaminado a hacer el bien. El hombre es un ser dinámico, creativo, perfectible, y lo mismo las realidades abiertas que lo circundan y envuelven, en el sentido de que lo acogen y amparan, en cuanto le dan posibilidades creativas. También su libertad se perfecciona y adquiere, por exigencia interna, diversos nombres. Es maravilloso ver cómo el lenguaje se adapta a nuestro crecimiento.

Si, desde esta altura, miramos el camino recorrido y recordamos que la interpretación de la libertad como algo “talismán” lleva a considerarla como ab-soluta –libre de todo condicionamiento–, y nos parece algo perfecto, digno de afirmarse con toda decisión, ahora vemos, con la madurez adquirida, que eso va contra la lógica de los niveles superiores, que es encaminarnos al bien. Si ignoramos este punto decisivo y nos empeñamos en dar por hecho que nuestra “libertad de expresión” tiene un carácter absoluto, in-condicionado, seguiremos cometiendo el grave error de ejercitarla sin tener en cuenta el bien del otro, con lo cual se generan fácilmente conflictos, como lamentamos últimamente en el corazón de Europa.

Estos graves malentendidos se deben al hecho de que buen número de personas desconocen el proceso de desarrollo humano. Tienen fijada a fuego en la mente esta idea, un tanto vaga, pero firme: «El hombre es un ser libre, y esto implica que, durante toda su vida, pueda manifestar lo que quiera de cualquier persona y en todo momento». Con frecuencia se considera este tipo de libertad como un privilegio de los países más desarrollados, como es Europa. A mi entender, si analizamos esta forma de razonamiento con algún cuidado, no la encontraremos «digna de la mejor Europa».

De ahí la necesidad de tratar en concreto y de forma dinámica el tema de la libertad, pues el ser humano, por ser creativo, cambia de sentido a los términos con que designa los distintos modos de libertad que va adquiriendo a lo largo de su proceso de crecimiento como persona. La tosquedad metodológica que nos lleva a hablar solamente de «la» libertad nos deja sin recursos para conocer en cada momento de qué tipo de libertad estamos hablando. Para conocer cómo hemos de actuar respecto a la libertad de expresión, debemos distinguir modos diversos de libertad, sobre todo la libertad de maniobra y la libertad creativa.

A su vez, esta forma superior de libertad da lugar, venturosamente, a varias formas cada vez más altas de libertad, hasta alcanzar la cima de lo sublime. Lo veremos con la debida hondura en artículos sucesivos.

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