Cultura

«Madrid de corte a cheka»: en el 65º aniversario luctuoso de Foxá por Guillermo Villa Trueba

Recientemente, he tenido ocasión de leer por vez primera la magnum opus del conde Agustín de Foxá, publicada en 1938 -un año antes del final de la Guerra de España- y que sigue las andaduras de José Félix, un joven madrileño volcado a la política y a las letras, desde las últimas semanas del languideciente reinado de Alfonso XIII y hasta bien entrada la guerra civil, pasando por los cinco largos años de tensión sostenida de la Segunda República.

Madrid de corte a cheka llegaba a mis manos bien recomendada, habiendo sido ensalzada repetidamente por el gran Juan Manuel de Prada e incluida por el diario El Mundo en su lista de las cien mejores novelas en lengua española del siglo XX. Y ciertamente no he quedado defraudado, pues ¡vaya que la pluma de Foxá es capaz de alcanzar por momentos la apoteosis literaria! No obstante, es de justicia reconocer que, habiendo imaginado -quizá con ingenuidad- que me aguardaba una serena tarde desde la barrera, no estaba del todo preparado para la estremecedora embestida frontal de un miura que es esta novela.

Me explico. Madrid de corte a cheka es un torrente que puede resultar abrumador; un torrente de personajes -reales y ficticios-, de diálogos no pocas veces desconectados y difíciles de seguir, de acontecimientos históricos en ocasiones referenciados tan solo de forma alambicada. Es un torrente, sí, pero uno en el que vale la pena zambullirse, así sea meramente para encontrar las descripciones desgarradoras y bellísimas de quien ha sobrevivido a una vorágine de vivencias cargadas de salvajismo, de sufrimiento y de nostalgia, pero también de esperanza, de heroísmo y de redención.

'Madrid de corte a cheka' de Agustín de Foxá.

‘Madrid de corte a cheka’ (1938) de Agustín de Foxá (1906-1959).

Foxá es sincero en lo que narra y en cómo lo narra, pues nunca prescinde de su desdén aristocrático en aras de dar apariencia de objetividad a su vívido retrato de los horrores de la «plebeya» retaguardia republicana. No intenta protegernos de la brutalidad del enfrentamiento fratricida recubriendo las manchas de sangre y de sesos en las paredes con una capa de yeso merengoso. No disimula las pasiones a veces desordenadas de sus protagonistas, no se finge sorprendido ante las motivaciones de sus antagonistas ni las minimiza. No retrata a un bando como un grupo de inmaculadas palomas ni tampoco cae en la trampa -hoy tristemente común- de las falsas equivalencias, reconociendo culpas (muy) desiguales donde las hay.

El autor tiene el valor de presentar a una sosa derecha sociológica aburguesada, timorata y ensimismada, sin negar por ello que los responsables principales del conflicto fueron unos dirigentes republicanos soberbios y deseosos de reinar sin gobernar, que desembridaron a las encendidas masas de los resentidos y desarrapados, sedientas de sangre y hartas de refrenar sus pulsiones con un código moral cristiano. Basta con analizar el arco del protagonista, que pasa de ser un pedante estudiante que simpatiza con la «revolución» a un atormentado falangista que admira -primero desde la intuición, después desde la experiencia- el heroísmo patriótico «joseantoniano» mas se sabe incapaz de encarnarlo tan perfectamente como sus compañeros de lucha, para comprender que Madrid de corte a cheka no va de «ideologías» ni de buenos y malos, sino de personas; de personas que, estando contaminadas todas por el pecado original, responden de manera distinta a las seducciones del mal.

Es tanta la potencia narrativa de Foxá que basta con citar una sola escena para que el lector pueda comprender lo que esta breve reseña apenas puede sugerir:

“Algo satánico animaba a aquellos hombres. Parecían un caso colectivo de posesión diabólica. Tenían reflejos rojos en sus caras renegridas y una sonrisa feroz, casi con espuma de salivilla. Olían a sangre, a sudor, a alpargatas. El instinto del mal les daba agudeza. Y obreros ignorantes que jamás habían pisado el museo, sabían destruir los mejores lienzos, rasgar los Riberas más difíciles.

»No eran ateos, sino herejes. No ignoraban a Dios, sino lo odiaban. Le decían al cura, tembloroso, junto al zanjón de la Casa de Vacas en la checa de la Casa de Campo: «Blasfema y te perdonamos la vida».

»Entre tantos curas heroicos, aquél era una excepción. Tenía miedo. Dijo una irreverencia. Entonces le pegaron un tiro. Y comentaba el jefe, con una preocupación teológica: «Así seguro que va al infierno»».

Atrevámonos, pues, de la mano de Agustín de Foxá, a quitar el velo que cubre el cadáver agusanado de la España guerracivilista y a mirarla en su repugnante esplendor como lo que realmente fue: una cruzada contra el terror rojo, sí, pero también una sangrienta pugna entre hermanos plagada de ocasiones para perder el cielo… Y para ganarlo.

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