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Lo imposible por Antonio Izquierdo Sebastianes

Me encanta Bayona; como cineasta, me parece espectacular. Es una pena que no tenga fe, porque eso le permitiría percibir de una forma más completa la realidad que tan bien sabe llevar a la pantalla.

Cuando en 2012 saltó a la fama con aquella película que tituló Lo imposible, y que narraba las aventuras dramáticas vividas por una familia española que hubo de padecer en vivo y en directo las devastadoras consecuencias de aquel tsunami en Indonesia, yo quedé, como tantos, absolutamente impresionado de la maestría con que hace vivir (y sufrir) -a través de la pantalla- la historia que cuenta.

Sin embargo, hubo algo que me pareció mucho más imposible que la supervivencia y el amor de la familia protagonista: no sale (al menos, yo no lo vi) en todo el largometraje, una sola persona (hindú, musulmana, cristiana, lo que sea) que aparezca rezando… ¿En una catástrofe tan terrible, con tantos muertos y heridos alrededor, envueltos en una atmósfera de verdadero terror y desamparo, buscando a tantos seres queridos desaparecidos, y contando todo con tanto realismo, no sale nadie ni siquiera con un triste rosario?

Y pensé: esto sí que es imposible, y le quita todo el realismo a la historia; algo que sólo puede deberse a un prejuicio antirreligioso. Efectivamente, Bayona es agnóstico.

Cuando me enteré de que el mismo director iba a contarnos de nuevo, pero con su maestría cinematográfica, la aventura de aquellos dieciséis supervivientes que sufrieron el accidente aéreo de 1972 en la cordillera de los Andes, pensé: «Si no gana el Óscar, cerca se quedará», y así ha sido; ha cosechado una cadena de premios y nominaciones y, aunque no se ha llevado el Óscar de Hollywood, poco le ha faltado.

Pero confieso que en esta ocasión me desconcertó su elección de la historia. Todas sus producciones anteriores son siempre dramas en torno a la muerte -mirada con agnosticismo-, y Dios es el gran ausente, se ve que a propósito. Me preguntaba ¿cómo conseguiría de nuevo, con la historia de este equipo de rugby integrado por chavales formados en colegios de profunda identidad católica, y que vivieron toda esa aventura rezando sin parar y la supervivencia de los afortunados como un auténtico milagro… cómo lograría -según su costumbre- dejar a Dios fuera de la película?

Efectivamente, no pudo.

Dios aparece, como imposible hubiera sido lo contrario. Pero si en las anteriores (Lo imposible, El orfanato, Un monstruo viene a verme…) Dios es el gran ausente, en La sociedad de la nieve, simplemente consigue que sobre. Todo el denominado milagro queda explicado por la extraordinaria capacidad que el hombre tiene, especialmente en circunstancias extremas, de luchar denodadamente y de modo organizado, en sociedad, para lograr la satisfacción de su instinto más primordial, que es el de la propia conservación. Y bueno…, sí: Dios aparece, pero casi como un impedimento moral (por otro lado inexistente) para hacer lo imprescindible, o como un supuesto innecesario mientras exista verdadera tenacidad y solidaridad entre los que viven una tragedia.

A eso reduce Bayona lo que tantos consideraron un milagro.

Cuando me entero de iniciativas como la del autobús fletado este año para un grupo de personas que no ponen la X a favor de la Iglesia en su declaración de la renta, o leo las grandes memorias de acción social que llevan adelante tantas entidades católicas, como fruto de la caridad evangélica, a veces pienso que los cristianos corremos el peligro de convertirnos en una «bayónica» sociedad de la nieve.

Como si todos nuestros esfuerzos por evangelizar y amar tuvieran el cielo cerrado, como si la muerte fuera lo peor que puede sucedernos y la supervivencia o mejoría de estado terrícola fuera lo mejor que podemos ofrecer al hombre, como si no tuviéramos ningún kerygma que anunciar, o fuera necesario reforzarlo con grandes campañas publicitarias que permitan a los alejados ver que la fe «sirve» para algo en este mundo; como si Dios nos sobrara y casi hubiera que disimular que hacemos todo eso porque creemos en Él; en definitiva, como si Cristo no hubiera resucitado.

Pues resulta que lo imposible ha ocurrido: un hombre ha vuelto de la muerte; Dios hecho carne nos ha abierto el cielo. Sólo por eso existe la Iglesia, y su misión es anunciarlo.

Y nada necesitan los hombres escuchar con mayor urgencia en esta hora de la historia. Porque, curiosamente, los supervivientes de los Andes también se van a morir, aunque unos años más tarde que sus compañeros de avión. Supongo que lo saben.

Dichosos los que han conservado agradecidos la fe que les permitió luchar y ayudarse mutuamente, porque pronto entrarán en la sociedad del cielo.

A todos los que creen y anuncian esta buena nueva que hace real lo imposible, ¡feliz Pascua! 

REL

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