Opinión

El mito del consenso

Siempre que se inicia un año electoral no faltan las voces que señalan que se precisan consensos amplios para llevar adelante políticas públicas de largo aliento. En tal sentido, muchos destacan también la importancia que damos a la democracia como sistema de gobierno y de convivencia social, y el ejemplo que en este sentido representan los expresidentes Lacalle Herrera, Mujica y Sanguinetti que periódicamente aparecen juntos para resaltar justamente el valor de esos consensos y de ese largo plazo institucional del Uruguay.

El asunto se hace además muy evidente cuando se mira a otros países cuyas dificultades políticas parecen mayores: por ejemplo, Argentina, que siempre nos resulta con una crispación exagerada con relación a Uruguay; o España, que también aparece últimamente con conflictos enormes que están poniendo en tela de juicio incluso su unidad territorial. Frente a todo ello, Uruguay parece una isla de paz y civilidad, y las apariciones conjuntas de nuestros expresidentes dan la sensación a algunos de que somos un gran ejemplo internacional.

Sin embargo, a poco que se mire un poco más de cerca y se deje de lado cierto espíritu autocomplaciente muy característico de algunos compatriotas, la verdad es que no hay grandes dimensiones de consenso político en el país y que en el verdadero terreno de la disputa partidaria nada hay parecido a la imagen idílica de la conjunción de los expresidentes.

Y no es que esas apariciones de importantes e históricas figuras del país no sea relevante y no hable de cierto consenso democrático: bueno sería que el Uruguay de siempre despertara en este siglo XXI sin ese consenso de toda la vida.

El tema es que no pasa por allí el verdadero debate político. En efecto, lo que hay que entender es que es precisamente porque no están más en la primera línea de acción de sus partidos que esas figuras presidenciales pueden dar esas señales tan particulares de acuerdos. Es porque se mira la historia y lo que fue, y no el futuro y lo que vendrá, que algunos espectadores distraídos confunden ese escenario de protagonismo de los expresidentes con la verdadera política, y sacan pues conclusiones equivocadas.

Apenas se observa en detalle la escena política la conclusión es bien diferente. Para esta campaña electoral, por ejemplo, no hay vez que los principales candidatos a presidente del Frente Amplio (FA) no afirmen mentiras radicales del tipo de que aquí ha empeorado la inseguridad, hay más desigualdad social y hay más pobreza y peores ingresos. En vez de debatir sobre la base de la verdad de lo que realmente ocurre, es decir, asumiendo y aceptando que mejoró la situación de inseguridad; que no hay más desigualdad, sino que se mantiene en los mismos guarismos hace más de un lustro; y que la pobreza viene bajando y los ingresos de las familias vienen subiendo, el debate político se enfrenta constantemente a las mentiras proferidas desde la izquierda.

¿Acaso eso es privilegiar la democracia y generar bases para políticas de consenso? Por supuesto que no. El asunto es que quienes piden los consensos muchas veces esconden que lo que realmente quieren es anular cualquier mayoría que sea de signo distinto a las políticas promovidas por el FA: si gana la izquierda, se llevará adelante su programa; pero si pierde la izquierda, se promoverán políticas de consenso.

Lo que en verdad deben hacer quienes realmente conjugan el verbo democrático es desenmascarar toda esta trama de mentiras izquierdistas. Mujica, en tanto integrante de esa especie de “sindicato de expresidentes”, no es hoy quien conduce los destinos de la izquierda. El FA sigue actuando con la deslealtad de toda su vida cuando ocupó lugares de oposición: el voto verde de 1989, luego de haber pactado en el Club Naval en 1984; el no a la reforma constitucional de 1996, luego de haberla negociado para votarla; el pedido de entrar en default de 2002 en plena crisis financiera; el no a la reforma de Ancap de 2003, luego de haberla corredactado; su oposición a firmar el tratado de inversiones con Finlandia para impedir que Botnia se instalara en 2004; y podríamos encontrar diez ejemplos más de este tipo sin problema alguno. Todos se sumarían perfectamente bien a los latiguillos mentirosos de los candidatos actuales del FA.

No hay consensos en Uruguay. Y está bien que así sea, porque hay diferencias políticas sustanciales entre el FA y los partidos de la Coalición Republicana. La democracia dirime esos disensos votando en libertad. Es lo que haremos en este 2024.

Fuente diario El País

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