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Palabras de consuelo a las autoras de «Yo aborté»por Alfonso López Quintás

Créanme que tengo muchos temas atractivos de los que hablar. Si hablo hoy del aborto es para ayudar algo a las jóvenes que han abortado a superar el «síndrome postaborto«. El asunto del aborto es un tema muy delicado y exige, para ser bien tratado, dominar el arte de discernir, que, a su vez, implica un conocimiento sutil de los términos que entran en juego.

En primer lugar, juega aquí un papel decisivo el concepto de libertad. Subrayan con énfasis los proabortistas que quieren «conceder a las jóvenes plena libertad para disponer de su cuerpo y de cuanto en él acontezca». Recuerdo que, para defender el aborto, cierto ministro dijo solemnemente esta frase: “La mujer tiene un cuerpo y hemos de concederle libertad para hacer lo que quiera con él y con cuanto en él acontezca”.

Esta afirmación no se sostiene si se la analiza a la luz de la Antropología filosófica actual, según la cual ni la mujer ni el varón tenemos cuerpo; somos corpóreos. Y esto ninguna persona culta dirá que es lo mismo. La diferencia entre tener y ser marca una subida de nivel de realidad. El cuerpo tiene unas dimensiones y un peso, ciertamente, pero no es un objeto que podamos poseer y manejar a nuestro antojo (nivel 1 de realidad). Pertenece a un nivel superior, el nivel 2, el propio de las personas y las obras culturales. Tanto las unas como las otras merecen respeto, estima y colaboración. En cambio, los meros objetos pueden ser poseídos, dominados, manejados.

Ser libre una persona no se reduce a hacer lo que quiera en cada momento. Ésta es la definición de la forma más elemental de libertad: la libertad de maniobra. Una persona que tiene libertad de movimientos es libre con ese tipo de libertad, pero, si se sube a un vehículo sin saber a dónde le va a conducir, carece de libertad creativa, porque no puede orientar su conducta debidamente. Ya nuestro gran poeta Antonio Machado escribió en su Juan de Mairena que «lo importante no es hacer lo que uno quiera, sino actuar con libertad auténtica». Libertad auténtica es la que nos lleva a hacer el bien, uno de los cuatro grandes valores que deben regir nuestra conducta y dignificarla: unidad-amor, bien-bondad, justicia, belleza.

Hace años, tuve ocasión de oír contar al Dr. Bernard Nathanson -creador de la mayor clínica abortista del mundo- en una conferencia dada en Monterrey (México) la historia de su conversión a la defensa de la vida. Según recogió en la película El grito silencioso (en la cual se consiguió grabar con toda fidelidad la reacción de un feto al ser exterminado), en cierto momento vio Nathanson en su rostro un gesto que parecía un grito y comprendió de golpe el sinsentido de toda su situación, muy exitosa en el aspecto económico, pero marcada por el deterioro creciente de la calidad moral de sus colaboradores. Con certera intuición descubrió de golpe el camino de vértigo que llevaba, y su decisión de convertirse en un defensor de la vida fue repentina y firme.

‘El grito silencioso’, la película de 1984 narrada por el doctor Nathanson donde cuenta cómo comprendió el horror del aborto y muestra cómo es un aborto real como el que le hizo reaccionar.

Tal decisión fue tomada con un tipo de libertad creativa auténtica. Se imaginó la tormenta que se abatiría sobre él desde muchos lados a la vez. Pero su decisión estaba tomada con un tipo de libertad interior bien afirmada en la verdad, y no se dejó amedrentar.

Me parece extraño que no abunden actualmente las personas que vivan una conversión de este género. Fuerzas ocultas y muy poderosas deben de estar fomentando esta práctica sin que los pueblos tomen conciencia de su gravedad. Que en una nación de alta cultura como Francia haya habido 234.000 abortos en 2022, y ahora lo hayan incluido en la Constitución y hayan festejado esta medida como un avance que dignifica a ese pueblo ante el mundo me parece un hecho digno de ser sometido seriamente a un análisis muy riguroso.

Habría que destacar a menudo, con la debida admiración, esa especie de “milagro” que ocurre en las vidas de las jóvenes cuando germina una nueva vida en su seno. Y dejar muy claro que somos seres libres, pero no dueños de nosotros. Podemos disponer de muchas personas en el ejercicio de nuestra profesión -por ejemplo, la de director de orquesta y de coro-, pero esa disposición no va dirigida a la posesión y el dominio de tales seres, sino a su elevación a la cima de sus posibilidades.

Ejercer un acto de posesión sobre un ser que pertenece al nivel 2 supone una ruptura de los órdenes naturales y su lógica propia. Constituye, por tanto, un grave quebranto de las leyes naturales, que debiera causarnos una profunda desazón.

Por el contrario, se intenta actualmente edulcorar un hecho tan violento como es el aborto explicándolo con términos estratégicamente manipulados. Veamos algunos ejemplos.

-El aborto despenalizado a causa del «grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada» es considerado como un «aborto terapéutico». Este término procede de un verbo griego que significa «cuidar» o «curar». Con el simple uso de este vocablo se intenta recubrir la violenta acción de abortar con un velo de acogedora ternura.

-En la misma línea manipuladora, al aborto realizado para eliminar una vida generada en un acto de violación se le llama aborto «ético» y se añade la falacia de que «así salva la víctima su honor».­ Se oculta, con ello, que la madre no ha perdido el honor a causa del atropello sufrido. Es cierto que ha visto lesionada su dignidad injustamente, pero ese hecho no queda anulado al destruir la vida del hijo. Lo que sí pierde, al hacerlo, es la posibilidad de dar vida a un nuevo ser, hacer feliz a otra mujer -si decide darlo en adopción- y evitar la amargura del síndrome postaborto. No hay acepción alguna del adjetivo «ético» que pueda aplicarse a este tipo de aborto.

-De modo semejante, el aborto practicado por la presunción de que el feto nacerá con graves taras físicas o psíquicas es llamado aborto «eugenésico». Este término -procedente de dos vocablos griegos: el adverbio eu (bien) y el verbo gignomai (generar)- significa «bien generado». Resulta sarcástico que se considere como una forma de «generar bien» el realizar un acto que elimina drásticamente una vida con procedimientos nada cuidadosos.

Se comete, a veces, la osadía de considerar el aborto como una práctica «progresista». Tratemos con cuidado el concepto de progreso y el derivado progresista, porque tienen un peligroso poder manipulador. ¿Cuál es el verdadero progreso? Progredere, en latín, significa andar hacia delante, pero delante puede estar un precipicio y despeñarnos en él… Considerar que todo lo novedoso es un progreso en sentido de un adelanto, una mejora, es una falacia inaceptable, por burda.

Imagínense un pueblecito pequeño, llamado Franza, que no tenía más lugar de encuentro que la iglesia. Ni una sala de conciertos y conferencias, ni un cine, ni un sencillo lugar de esparcimiento para jóvenes y mayores. Pero un buen día llegó un antiguo emigrante con unos ahorros y edificó un casino, cuya lápida decía: Casino Progreso de Franza.

El Casino Progreso de Franza, en Mugardos (La Coruña).

El Casino Progreso de Franza, en Mugardos (La Coruña), de estilo modernista, construido en 1927 y en seguida convertido en un activo para la localidad. Foto: Google Maps.

Pues muy bien. Ese edificio supuso para el pueblo un paso adelante, ya que le dio vida en muchos aspectos, culturales y de cordial convivencia. Incluso, en la guerra de 1936, fue convertido en un taller de costura para confeccionar gratuitamente ropa interior a los soldados. Una experiencia entrañable para la vida del pueblo.

Pero el aborto ¿es de veras un progreso? Hay quienes lo consideran como una expresión de la “cultura de la muerte”. Pues ni eso. Si provoca la muerte, no es cultura. Si es cultura, fomenta la vida, no la destruye. No hay más cultura auténtica que la que promueve la vida, la vida de verdad, la que nos alegra y dignifica.

Portada de 'Yo aborté'.

En 2005, la periodista Sara Martín García recopiló desgarradores testimonios de mujeres que habían abortado: el libro se tituló ‘Yo aborté‘ (LibrosLibres).

Dedico estas palabras, afectuosamente, a las jóvenes que, con tanto dolor, escribieron el libro Yo aborté. Esa tribulación las dignifica, nos dice que el error cometido no significó tanto falta de corazón cuanto sobra de inexperiencia. Yo me atrevería a aconsejarles, si me lo permiten, que la penosa experiencia que les llevó a escribir ese libro les lleve a descubrir la importancia del amor, el amor generoso que es el que nos hace verdaderas personas, como supo intuir un joven alemán muy dotado para las cosas del espíritu, Karl Neundörfer, que le dijo un día al entonces jovencísimo Romano Guardini: «La mayor posibilidad de verdad se halla justamente donde se da la mayor posibilidad de amor» (Apuntes para una autobiografía, Encuentro, págs. 99-100).

Se comprende, porque la verdad de una persona es un estado de pleno logro que se consigue cuando se toman como «ideales de la vida» los cuatro grandes valores: unidad -y su derivado el amor-, el bien -y su derivado la bondad-, la justicia y la belleza. Cuatro grandes valores que, bien asumidos y vividos, pueden redimirnos del mayor de los errores.

REL

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